Episodio 3: Tecnofeudalismo
En el episodio anterior abordamos «Cloud Capital, cuando el poderse vuelve invisible» y concluimos en que el Cloud Capital no produce bienes, produce comportamientos y que a diferencia del capital industrial, extrae rentas —cobra por lo que te costaría irte— en lugar de precios.
Este nuevo episodio examinaremos qué estructura de poder emerge de esa lógica.
Hay una objeción inmediata al término «tecnofeudalismo o techlordism» que vale la pena tomar en serio antes de descartarla: el feudalismo fue un sistema de dominación violenta, personal y explícita. El señor feudal no necesitaba convencerte de nada, el tenía el castillo, tenía la espada, tenía el derecho divino.
Compararlo con una plataforma tecnológica parece, a primera vista, hipérbole de teórico crítico. He elegido la metáfora feudal porque es estructuralmente precisa, no por provocación. No es capitalismo, es algo más viejo y aclaro como recaudo anticipado que no estamos haciendo una comparación moral, hacemos una comparación estructural y en ese nivel, la analogía es más precisa de lo que nos gustaría admitir.
Despojado de su carga histórica, el feudalismo como sistema tiene 3 características que lo distinguen del capitalismo de mercado.
La primera, es que la relación económica central no es el intercambio, es la dependencia. No compras en un mercado neutral; habitas un territorio bajo jurisdicción de alguien que puede modificar las condiciones de tu existencia en él en cualquier momento.
La segunda, es que el mecanismo de extracción no es el precio, es la renta. No pagas por lo que recibes, pagas por el privilegio de estar dentro. El señor no produce nada para ti; te cobra por protegerte de las consecuencias de no estar bajo su protección.
La tercera, es que la salida del sistema tiene un costo que va más allá de lo económico. Abandonar el feudo no era simplemente caro, era, para la mayoría, inviable. Toda tu red, tu identidad, tus medios de subsistencia estaban anclados al territorio. Irte significaba empezar desde cero en un mundo donde el estatus era todo. El feudalismo no necesitaba cadenas, solo necesitaba que el costo de irte, fuera mayor que el costo de quedarte.
En el ecosistema digital habitas una plataforma. Sus algoritmos, sus reglas, sus precios los fija ella unilateralmente. Pagas comisión, suscripción o atención por existir dentro, no por un servicio discreto. Tu audiencia, tu historial, tus contactos y tus datos están en la plataforma. Migrar te borra. La plataforma puede banearte. Tú no puedes banear a la plataforma.
Ya ven que elegimos la metáfora feudal porque es estructuralmente precisa.
La asimetría de poder es idéntica, lo que cambia es el mecanismo de ejercerlo. Es decir; ya no hace falta la espada porque la dependencia hace el trabajo sola. Es un feudalismo más eficiente, en el sentido de que no necesita coerción explícita. La arquitectura del sistema produce obediencia sin que nadie tenga que pedirla. Ya no eliges, eres optimizado
Aquí es donde el análisis se vuelve incómodo, porque toca algo que afecta no solo a las empresas o a los Estados, afecta la experiencia cotidiana de ser una persona.
En el capitalismo de mercado, el consumidor era soberano —al menos en teoría. Tenías preferencias, expresabas esas preferencias comprando o dejando de comprar, y el mercado respondía. La libertad era limitada y condicionada, pero el modelo asumía que la dirección de causalidad iba de ti hacia el sistema.
En el tecnofeudalismo (techlordism), esa dirección se invierte.
El sistema no responde a tus preferencias, las produce. Un algoritmo de recomendación no te sugiere lo que quieres; te enseña a querer lo que puede sugerirte. Asimismo un «feed» no refleja tus intereses; los configura. Igualmente, una plataforma de trabajo no te conecta con oportunidades que buscas; decide qué oportunidades existen para ti y cuáles no.
Varoufakis llama a esto HumAIn. Es en simple, la disolución de la frontera entre decisión humana y decisión algorítmica y esto no porque los algoritmos sean más inteligentes, sino porque el sistema está diseñado para que esa distinción deje de ser relevante operativamente. Isea que no te quitan la libertad de elegir, te dan tantas opciones, todas ellas tan bien seleccionadas, que el resultado de tu elección está determinado antes de que empiece.
En el feudalismo clásico, el árbitro último era Dios —o al menos su representante en tierra. Así, la legitimidad del orden venía de arriba, era incuestionable y estaba fuera del alcance de cualquier apelación humana. Aquí ella sentido el uso de la religión como estrategia de control y de miedo.
En el tecnofeudalismo, ese papel lo cumple el algoritmo y creanme, la analogía no es casual. El algoritmo comparte con el Dios feudal varias propiedades estructurales que lo hacen difícil de contestar.
Primero es omnipresente, pero invisible en su lógica interna, una caja negra impredecible.
Segundo, toma decisiones que afectan vidas sin dar explicaciones; no fue elegido por nadie, y tampoco puede ser removido por nadie.
Finalmente, su autoridad viene de la infraestructura misma, no de ninguna legitimidad política.
Puedes apelar contra una decisión de un juez, puedes votar contra un político, puedes negociar con un banco; pero cuando el algoritmo de contratación de una plataforma decide que tu perfil no es relevante, o cuando el sistema de moderación considera que tu contenido viola políticas que nadie redactó de forma legible, la apelación no tiene destinatario claro. No hay tribunal. No hay número de teléfono. Hay, en el mejor caso, un formulario.
La dependencia estructural, tu no usas la plataforma, vives en ella. Toda tu red, tu historia y tus medios están dentro, por lo que salir no es cambiar de proveedor; es reinventarte; es un reinicio desde cero.
Tiene una renta sin intercambio, tu no pagas por un servicio discreto, pagas —con dinero, con datos, con atención— por el privilegio de no quedar excluido de un espacio que has necesitado que sea relevante.
Es una autoridad sin elección donde las reglas las fija quien controla la infraestructura. Sin debate, sin mandato, sin posibilidad real de impugnación, porque la legitimidad viene de la escala, no del consentimiento.
Lo que hace a este análisis difícil de refutar, no es su radicalidad, es su moderación.
No estamos describiendo un escenario distópico futuro, estamos describiendo las condiciones que ya existen para cientos de millones de personas que trabajan, venden, se comunican y construyen identidad dentro de ecosistemas que no controlan y de los que no pueden salir, sin un costo desproporcionado.
En cierre, debemos decir también que el tecnofeudalismo no llegó de golpe. Llegó como llegaron siempre los cambios de sistema, así; gradualmente, y luego de repente, con tal naturalidad que resultó difícil señalar el momento exacto en que cruzamos la línea.
En el episodio final de esta serie, hablaremos del caso concreto de Palantir como encarnación de lo que ocurre cuando esa lógica no opera en plataformas de consumo, sino en los sistemas que sostienen al Estado.